El fenómeno de lo naco y el kitsch

… los nacos eran unos cuates morenos a los que uno veía en la parada del camión o afuera de la panadería en la tarde, esperando a las muchachas, y no era difícil identificarlos: usaban lentes oscuros hasta en el cine, vestían pantalones Topeka cuando ya no solo los llamados pirruris, sino hasta la clase media los había desechado, y se ponían zapatos de El Taconazo Popis con plataforma para no verse tan chaparros. En suma, eran chavos pobres tratando de disfrazarse de chavos de clase media alta. Los chavos de clase media alta se negaban a reconocerse en aquello que les parecía una caricatura y por eso les llamaban “nacos” –indios, para decirlo rápido. Es decir, que la gente, ya fuera porque no se consideraba “naca” o por librarse del adjetivo, les llamaba nacos; y luego el epíteto de naco paso a aplicarse a todo lo vulgar, lo pretencioso, aunque proviniera de gente acaudalada, por ejemplo, Irma Serrano con su casa llena de marcos dorados, costosos jarrones y leopardos rugiendo en el jardín, resultaba naca (ahora que se ha quedado sin nariz, simplemente da miedo), o igual resultaban los juniros dando acelerones en sus Mustangs por las meteorológicas calles –Lluvia, Niebla, Fuego…- del Pedregal de San Ángel. Y así lo naco se acercaba también, peligrosamente, a la confusión entre lo cursi y lo elegante, confusión propia de la gente con dinero y sin educación formal. Tanta confusión se entenebrecía, además, cuando uno escuchaba criticar a los nacos, muy oronda, a una señora de las que cubren toda la sala de fundas de plástico transparente (esas que se producen unos ruidos muy sugerentes al sentarse) y lucían la vidriera atestada de pastorcitos de Lladró, y ya no sabia uno quien era más naco, si los nacos, las señoras de peinado de casco que se burlaban de los nacos, o uno que perdía el tiempo escuchándolas y tratando de despegarse del plástico del sillón con el trasero empapado.

Después, todos estos matices folclóricos se fueron al diablo y la palabra naco reveló lo que realmente hay debajo de ella: racismo, desprecio, miedo a que los pobres alcancen lo que a uno pertenece supuestamente por derecho de clase o de tonalidad cutánea. Y tras relevarse aquella naturaleza francamente deleznable, dejo de usarse tanto, por lo menos en público, pues resultaba políticamente incorrecta y peor hablada de quien la decía, que de quien la padecía. Además, lo que antes se definía como “naco” pasó a ser kitsch y a formar parte de cultísimas colecciones…Y la verdad uno ya no sabe qué es qué, para qué más que la verdad.
Ana García


Poquísimos se aceptan nacos pero muchísimos se sospechan pertenecientes a la especie
Carlos Monsiváis



Naco: adj. Individuo burdo, vulgar, mal educado, barbajan; en un principio, el vocablo se empeño para nombrar peyorativamente al indígena aturdido y mal incorporado a la vida urbana, al plebeyo de piel morena, al peladito, al lépero. Con el tiempo, la palabra se fue transformando y hoy en día designa al mexicano de cualquier color de piel y de cualquier estrato social, pero siempre caracterizado por su ordinariez (Mejía, 1986: 111).


Lo naco, esa figura pintoresca a la que se esta acostumbrado a nombrar, a esa misma que se mira con desden, nace con lo mexicano y aparece en la historia a mediados de los cincuentas como aféresis de totonaco (Monsiváis, 1995: 170) y para otros de chinaco (Mejía, 1986: 111); pero el término, en la actualidad, va más allá de una apariencia indígena, es más el término rebasa una ubicación socioeconómica (por lo que se puede tener mucho dinero y no dejar de ser un naco -dirían algunos), el término logró desarrollarse como categoría peyorativa con insolencia creciente, como hijo directo de los léperos de Monsiváis, a esos de cuya psicología cultural apenas nos enteramos gracias a las referencias a gustos musicales y gastronómicos y formas de vestir, aquellas que caracterizan a la grey astrosa, a la plebe, a las criaturas que habitan la ciudad (…), a los fantasmas de aglomeraciones y desmanes (Monsiváis, 1995: 165).

Pero el naco, lo naco o la naquez que se convierte a pasos agigantados en naquiza, gracias a la demografía en las ciudades, es un término sumamente abierto a toda una infinitud de posibilidades de ser y de accionar, es decir, de estar presentes dentro de la cultura mexicana; y que para fines del texto que se presenta, éste quedará perfectamente engarzado a lo kitsch en su sentido decorativo y sentimental.

Lamentablemente la naquez dentro de la sociedad mexicana devela que está cargada de fuertes connotaciones despectivas y burlonas. Ésto ha generado que el término naco funcione como un aislante social, como una especie de segregación dentro de una sociedad que le designa el término a cada ser humano o escenario con la que no sienta ninguna identificación. Dicha segregación no sólo se visualiza y se siente en el ámbito de lo cotidiano, incluso a llegado a ser un tema invisible para los investigadores sociales, ya que hasta la fecha, no existe un estudio sobre la naquez en México, ni de como es que la masa sobrelleva su vida rodeándose de objetos y de situaciones que son para ella significativas. Sólo es posible encontrar dentro de la creación literaria, textos que hablan de una urbanidad que se mueve con la armonía de las estaciones del metro, qué mantiene relaciones significativas con objetos o con gente (que para el caso es lo mismo), que vive los quince años de la sobrina con esmerado jolgorio, que subsiste de intercambios de miradas y guiños mercantiles en Tepito o La Lagunilla, etc. Ya lo dijo Del Val “una de las constantes sintomáticas de los estudios sobre identidad del mexicano es la reiterada elusión y rechazo que han mostrado nuestros sabuesos investigadores para estudiar el término naco, es tan común y cotidiana es la palabra y su uso que hemos dejado de ver que sintetiza tanto lo que somos, que probablemente la sola expresión dé cuenta con mayor amplitud y profundidad de lo que somos y como somos” (Del Val, 2001: 342).

Se considera también que lo naco, ha sido un término abierto únicamente al mal gusto de una sociedad que tiene acceso sólo no a una elegancia fallida sino a una elegancia disponible como diría Monsiváis (1988). Los mexicanos han puesto dicha etiqueta a quien más le conviene o con quien menos se identificamos, según Eduardo Chavarin, creador de la marca de ropa NaCo., dice que es un término peyorativo utilizado principalmente por la clase media y alta para describir cosas, situaciones y gente que sienten inferiores que ellos en cuanto a moda, gusto y nivel económico. Pero la realidad es que aunque resultaría fácil identificar toda una cosmogonía de la naquez: figuras de santos y héroes divisando una panorámica donde reposan cortaúñas, virgencitas, ungüentos extraños, cd’s, ropas que imitan marcas de prestigio, revistas de Condorito y La Familia Burrón, productos piratas, etc.; no hemos logrado encontrar trabajos psicosociales que sustenten dicho fenómeno, el término no se ha construido teóricamente, y dicha ausencia epistemológica hace poner atención a los antecedentes sociohistóricos para que en sociedades como la mexicana la proliferación del fenómeno se magnifique.

La historia de la cultura mexicana y su reiterado ciclo de esperanzas-desesperanzas, está fuertemente cargada de conquistas y de reencantamientos para un hombre que ayer fue indígena con secretos astrales y magia, y hoy comerciante ambulante en calles donde el anonimato y lo clandestino se filtran, los tianguis que antes se habían convertido en el lugar fantástico y predilecto para los trueques, ahora los mercados y la central de abastos se convirtieron con el sueño americano en el wall street de las frutas y verduras; el hombre místico que un día sedujeron los españoles, ahora vive totalmente arremolinado en una sociedad donde lo diluido reina y en donde no encuentra claramente la historia de su cultura; se encuentra, como dicen Gergen, “con fragmentación e incoherencia, con vidas sin rumbo, con movimientos que llevan de un lugar o una cultura a otros sin dejar muchos efectos residuales” (Gergen, 1997: 221), no se tiene arraigo ni pertenencia, se es inestable; pareciera entonces, que las condiciones sociales de la comunas actuales crean individuos que encajan directamente en el perfil del pastiche: diversidad y saturación, fragmentación, fascinaciones fugaces, imitación.

Sé vive en una hartazgo social que se manifiesta en pastiches personales y de ambientación, es por eso mismo que no importan las combinaciones estridentes o más aún los personajes sacados de cuentos surrealistas que se logran ver en las calles, a esos que se señala con miradas o con burlas sutiles: míralo! “allí va, con su radio de transistores, con su camiseta abierta a los lados, sus livais y sus tenis” (Monsiváis, 1995: 170). Estamos listos, diría Gergen (1997) para participar en un mundo de incoherencia, en un mundo en el que todo vale y todo cuesta, estamos preparados para mantener diversas conexiones e intervenir en varios contextos, y si éstos aparecen en sacudidas sucesivas, como los programas de televisión cuando cambiamos de canal, nos maravillamos de nuestra capacidad de adaptación (Gergen, 1997: 222).

Adaptación que aparece con la forma de un pastiche mexicano, por lo que el interés del estudio se centra en desprender a lo naco del estigma siempre presente de lo feo, de lo mal visto, ya que “nada más cómodo que inventar seres a los que adjudicarles, como destino inescapable, una fisonomía, una psicología y una conducta fijas para siempre” (Monsiváis, 1995: 169); se quiere desprender a lo naco de esa categoría peyorativa que tanto eco puede hacer en una persona para convertirlo en una categoría estética mexicana que permita dialogar de manera visual, afectiva y teórica con el sentido de lo mexicano, en cuanto a lo que se refiere a la conservación de objetos queridos. Durante la propuesta del trabajo que se presenta, la intención nunca será conceptualizar a lo naco o a la naquiza, sino más bien se trata de comprenderlo como un ser que existe bajo sus propios preceptos y virtudes, se sabe que lo que comúnmente se conoce como naco es una categoría más amplia que no sólo se remite a la conservación de objetos y recuerdos, sino más bien éste atesoramiento se encuentra como rubro de lo que se considera como naco.
Los mexicanos somos un collage de efemérides que se materializan en festejos y en decires que dan cuenta de la estela que deja nuestra historia, y en donde la memoria colectiva de la gente no se agota con los acontecimientos sociopolíticos que se atraviesan como país, por el contrario, este tipo de memoria crece monumentalmente para buscar significados. La ciudad se ha tornado en el medio perfecto para la expresión, para revestirse del contacto diario que sostiene, para ver crecer las esperanzas y el colorido que alimenta los ritos populares, ya una vez lo dijo Miguel Ángel Aguilar (2001) si se quiere realizar un ejercicio de reflexión sobre la sociedad mexicana hay que hacer una justa valoración de los actores y de sus prácticas cotidianas; es en este sentido, que el presente trabajo es un fragmento y un ejercicio de la memoria colectiva de la gente que sigue conservando objetos y como consecuencia recuerdos, atrapándolos con pasión y encapsulándolos en su memoria, adornándolos con nostalgia y con ellos decorando la sala de su casa, y es que no es por demás, pero los mexicanos encerramos las más variadas excentricidades que necesitan ser contadas como parte de la ajetreo cotidiano en el que se vive; no se crea que no es nada ir al mercado y que no dice nada escuchar la música que se escucha, que tampoco lo es tener los hogares repletos de objetos y de imágenes religiosas, ni nada la apariencia, y que mucho menos nada cuando se platica o cuando se viaja repletos en el metro... En verdad que no sucede así, esa aparente nada acerca al sentido propio de lo mexicano, ya que se considero que la realidad se nutre de los pequeños actos cotidianos, de ese no hacer nada que los mexicanos realizamos muy a nuestra manera pintoresca, y que el entramado social se finca en las múltiples interrelaciones que mantenemos con los diversos grupos humanos y con los objetos contenidos en nuestro espacio.

La vida cotidiana del mexicano común y corriente tiene un sinfín de facetas, es como una especie de calidoscopio en donde se contienen colores, sabores, sentires, sonidos y una existencia urbana sin precedente: “México, país de los cursis, proclaman desde hace décadas analistas, periodistas y vanguardistas culturales” (Monsivais, 1988: 171), por lo tanto, el fenómeno de lo naco hace su aparición primera como la estética que hace participar y corresponder a un espacio definido, y lo cursi aparece como esencia del mismo fenómeno.

Ser cursi, puede definirse como a la persona que presume de fina y de elegante, sin serlo; y también se califica de cursi a todo aquello que, con la apariencia de elegancia o riqueza, es ridículo y de mal gusto, pero Rubert de Ventós dice que “cursi es casi toda la terminología amorosa, la retórica del púlpito y la poética de aniversario” (de Ventós, 1988: 207). Por lo tanto, se interpretará a la cursilería como una categoría que se aplica a individuos, objetos y posiciones con clara intención de repudio, y su conceptualización en Alemania, con un criterio sociológico, se equipara con el kitsch, en el francés con el poncif, en el estadounidense con el corny y en México con lo naco, curiosa coincidencia, ¿no?

Ahora bien, el kitsch se hace presente en las vidas mexicanas con un sin fin de manifestaciones, se podría decir que conceptualizarlo seria difícil, pero su identificación es casi casi inmediata e inherente a sus exponentes, la mayoría de las veces desconocedores de su aportación a tal fenómeno social. Por lo que, si lo kitsch es la resonancia de lo mal visto caracterizado en estéticas muchas veces estridentes, lo naco seria entonces la manifestación ordinaria de ésta corriente que aparentemente nada tendría que ver con la cultura mexicana. Lo naco y el kitsch se difuminan en la transparencia de la mexicanidad, tienen estéticas parecidas que logran confundir y atrapar a la percepción, y que sutilmente logran atraernos a un calidoscopio donde es permitido todo dentro de México lindo y querido: Calles aglutinadas, gente intercambiando todo por el todo y siempre los objetos presentes, esos objetos que no valen y que no van a ningún lado, si no fuera por el empeño del ser humano de que cobren vida a la par de existencia monótona.

Con el trabajo de investigación que se realiza, el interés se centra en develar, al menos una de las formas de movimiento e interacción de los mexicanos con su ambiente, en éste caso, en su ambiente de hogar, que es el más próximo y que funge como caparazón y guarida en donde la memoria se ve materializada en los objetos, y donde los recuerdos brotan bañados de sentimientos, en escenarios donde atmósferas kitsch se respiran; de ésta manera también se pretende descubrir de que forma los mexicanos se engarzan a lo naco, y como consecuencia a lo kitsch sin ni siquiera estar conciente de ello, y como éste engarzamiento, a su vez, permite revelar, cual rollo fotográfico, las formas de la mexicanidad, ya que “en cuanto se presta atención a la vida cotidiana, a sus gestos y a sus discursos anodinos, se observa una correspondencia cuya profundidad, como es lógico, se oculta bajo la superficie de las cosas” (Maffesoli, 1993: 130). Hay que escarbarle a realidad, hay que rascarle las apariencias. Por lo tanto, el collage de formas que adquiere lo naco y el kitsch, es decir, cada pieza que compone a la naquiza, a la saturación y a la estridencia, puede generar toda una serie de enjuiciamientos despectivos diría Gergen, “cada intento de ser se enfrenta a una voz interior (y sobre todo exterior) que se burla de él” al portar orgullosamente “el mal gusto que la vestimenta cara no redime, bigote aguamielero, dicción perneada por el tono cantadito del arrabal” (Monsiváis, 1995: 170).

Ahora bien, el kitsch cuenta con cinco principios propuestos por Engelhaerdt y Killy (Moles, 1990: 71-77), que resultan interesantes para conocer con más detenimiento al fenómeno del kitsch: 1. El principio de la inadecuación; 2. El principio de la acumulación; 3. El principio de percepción sinestésica; 4. El principio de mediocridad; y 5. El principio de confort. El principio elegido para analizar a las vitrinas es el que está relacionado con la saturación y la desoquedad. El principio de inadecuación se refiere a que los objetos tienen un fin diferente al cual fueron creados, es decir, existe “una desviación, una distancia permanente en relación con su fin nominal; distancia con respecto a la función que debe cumplir” (Moles, 1990: 71). El principio de la acumulación, tal como su nombre lo indica, se trata de amontonar, de almacenar, es decir, de “amueblar el vacío” (Moles, 1990: 73), otorgándole saturación con la idea del “siempre más” (ídem) como prueba fehaciente de que la escasez de los bolsillos no existe y que la opulencia y el hartazgo gobierna. La percepción sinestésica, “se trata de tomar por asalto la mayor cantidad posible de canales sensoriales, simultáneamente o de manera yuxtapuesta”, como podría suceder “en las botellas de licor musicales y adornadas con lentejuelas doradas, o hasta en los libros perfumados” (Moles, 1990: 75) o también como sucede con las cajitas musicales de contornos dorados en donde se ve aparecer a una bailarina de plástico que se mueve al beat de una melodía agotada; en éste ejemplo simple, la cuestión visual y auditiva se vinculan asaltando la percepción, por un lado, se asoma la armonía que arrulla los recuerdos, y por el otro, los dorados y su composición pobre que trasporta a ambientaciones en donde la estridencia impera. El principio de mediocridad, éste principio explica muy bien la tragedia del kitsch, ya que la mediocridad permite que la proliferación de situaciones, de medios y de objetos se queden a mitad de camino en la novedad, oponiéndose a la vanguardia, y permaneciendo, básicamente, “como un arte de masas, es decir, aceptable para las masas y propuesto a ellas como sistema” (Moles, 1990: 76), sistema que está por demás decir, que aboga por “lo auténticamente falso” (ídem) y por el pasado. Por último esta el principio de confort, conformado por “todo ese conjunto de sensaciones, sentimientos y formas confitadas, de colores sin violencia, de espontaneidad perceptiva, de aceptación fundamental” (ídem), y es que la aceptación juega centralidad en el confort, confort que permite tener la idea de estar a la altura, de estar cerca de la prosperidad que se añora. Por lo anterior descrito, es que se podría considerar a ésta serie de principios como síntoma de la cursilería, de lo que se cataloga como naquez, es decir, de lo que se considera efervescentemente kitsch.

El kitsch se interesa por “lo inmediato, el aspecto dominante de la vida estética cotidiana” (Moles, 1990: 31) y lo naco es chido, dirían algunos y se pondrían la camiseta, otros simplemente se quedarían de espectadores y esperarían detrás del televisor viendo Laura en América. Es kitsch lo carente de originalidad, también es lo sentimental en su peor forma, es decir lo sensiblero, lo azucarado, lo cursi. En su sentido más clásico, es un estilo caracterizado por la ausencia de estilo, es decir, carece de un poder de significación de lo autentico como nos dice Abraham Moles (1990). En lo kitsch se fusiona la copia y lo burdo de una clase que pretende lo que no es: Peluches reemplazando mink, pieles de leopardo por piel de cervatillo irlandés, cerámicas por porcelanas, dorados incandescentes por dorados de verdad, rosas chillones por la sobriedad de los colores… y así continuaría la lista interminable de reemplazos, “los materiales incorporados rara vez se presentan tal cual son: la madera se pintará imitando el mármol, las superficies de plástico se adornaran con motivos de fibras incorporadas, los objetos de zinc se broncearán, las estatuas de bronce se harán doradas, las columnas de hierro colado simularan el estuco o el arco gótico, etc.” (Moles, 1990: 57) “los materiales, por lo tanto se disfrazan” (ídem).
Las tecnologías de la saturación de las que habla Gergen crearon entre toda la infinidad de cosas inimaginables, aún más cosas para amueblar el mundo, a partir del año mil empieza a aparecer un número cada vez mayor de cosas, de enseres y de herramientas para ayudar (¿o inutilizar?) al hombre (Fernández, 2003: 24). Se puede decir que la reproducción masiva de diversos objetos en ésta época, es la correspondiente a la estructuración de la sociedad en la que se mueve el ser humano, ya que ahora, las sociedades están configuradas con la novedad de los productos y con un transcurrir sin sentido de las más variadas modas o seudomodas que crecen en el centro de las ciudades; es por eso que el siglo XX acelerado por las transformaciones socioculturales de la tecnología, se convirtió en el siglo del hombre kitsch; se tienen cosas, se tienen un número infinita decimal de objetos sin sentido que rodean todos los momentos de la vida: se tienen tanto cierres como ventanas que miran el exterior, se tiene cafeteras, ollas Express y televisores de pantalla plasma, se tienen cantidad de botones y tijeras que cortan papel, cabello o tela; se vive en la saturación de cosas y mientras más variadas y más excéntricas ¡mejor! …Marcas distintas, calzado de piel, de plástico 100% (hecho en China), una o hasta dos PC por habitante, cientos de miles de megabaits, que no tienen una forma, pero que es una forma que existe porque un día se nombraron, puertas de acero o de madera, sacapuntas, llaves, abrigos, teléfonos, discos compactos, radios, libretas, pilas, vasos, lámparas, encendedores, cerillos, calcamonias, parches, maquinaria, fertilizantes, hilo, colores, estambres, ladrillos, internet, anillos, plumas, pantalones, playeras, blusas, clavos, tenedores, bocinas, botes de papel, telefonía celular, desodorantes, cremas, aerosoles y hasta vibradores hemos inventado para alejar la soledad… Un día el cerebro del hombre se revolucionó y fabrico y fabrico y fabrico lo impensado, pareciera que el progreso inundo a las sociedades recién modernistas, recién despiertas al sueño absurdo del avance.

La era tecnológica llegó sin avisar, no espero sorprender a los humanos con su frivolidad encogida ni con incertidumbre, ella atrapó diluyéndose en aparatos de microondas y tostadores General Electric facilísimos de usar. Éste tiempo pareciera consistir únicamente en la aplicación instrumental de principios racionales a la eficiencia y al consumo de todo tipo de productos; la especie humana esta siendo devorador automático: todo se vende y todo se compra a la menor provocación; la civilización urbana es testigo de como se suceden, a ritmo acelerado, las generaciones de productos, de aparatos, de gadgets (Baudrillard, 2003). La elaboración masiva de cosas está a la orden del día, el consumismo apresura a comprar como si las chácharas fueran tesoros efímeros pero al mismo tiempo imperiosos (Amara, 2006) que decoran nuestro hábitat.
Tal vez ese objeto producido en serie, de colores chillones, a punto de precipitarse en lo horripilante, no produzca la avidez malsana de una antigüedad o la ensoñación de una piedra preciosa; pero hay algo en él, algo indefinible que quizá tenga que ver con las rebabas de sus acabados deficientes, quizá con la estridencia de su tosquedad, que aguijonea nuestro afán de posesión como un alfiler impertinente. (Ídem)

China es uno de los países que se apoderó del mercado de los productos en serie, ya hasta lupitas, chiles jalapeños y zarapes fabrican, quienes, por cierto, producen a los costos más bajos del mundo: más de 20 millones de chinos trabajan en el sector textil y lo hacen por salarios realmente bajos. Gracias a la producción masiva el Planeta ha sido adornado con todo tipo de objetos, se tienen mochilas, escaleras, adornos para el cabello, lámparas de mano, de tocador, para restiradores, de gas, existen en rojo y en verde fosforescente, existen otras más sobrias y otras tantas más sicodélicas, existen también mesas cuadradas o redondas, de vidrio o madera, ovaladas y de aluminio, tenis panam, Nike o vans, se tiene una infinidad de objetos del mismo tipo, pero tristemente “cuando un número creciente de objetos empieza a ser de uso común, se hace difícil que continúen siendo fascinantes; es decir, empiezan a perder su carácter de sagrado y mágicos” (Fernández, 2003: 24), produciendo así, una separación entre la fascinación y el encanto del propio objeto. En la época actual impera la indiferencia frente a un ente devorado por cosas, para lo que Fernández Christlieb señala que “el siglo XX es un sentimiento, algo así como el profundo dolor de la superficialidad” (Fernández, 2004: 113) y es que todo en la actualidad es superficialidad y apariencia, el ser humano ha sido encapsulados por el tiempo y por los hechizos de comprar sólo la superficie de las cosas; se olvidaron de compartirnos, o al menos de vendernos, la historia del objeto con nosotros.

Es por eso también, que la comunicación masiva, producto de las formas de relacionarnos en ésta época, inició un proceso de falsificación global del arte y de la cultura, donde el kitsch presentó la falsedad, la imitación del mal gusto y la sensibilidad cursi. El kitsch aparece como una especie de arte al alcance de todos, tanto a nivel monetario como de entendimiento, es una expresión artística que surge de la necesidad de expresar la felicidad de una clase media sin grandes metas intelectuales; lo kitsch se limita a buscar el placer por la ostentación y por el derroche de formas y colores, ésta tendencia está totalmente en contra de lo funcional. El drama del kitsch es sin duda la mediocridad, pero también es la búsqueda de la cotidiana felicidad que sobrepasa la visión en cuanto a lo que se sabe del cuento de lo bien visto o del buen gusto, (ésta frase entendida, como lo dijimos anteriormente, como categoría base de una clase pudiente que tiene acceso sin restricciones a las comodidades y al confort) lo que hace el kitsch es jugar con la percepcion, ya que para unos, la estética del mal gusto impera como sello distintivo; y para otros sencillamente, la estética está en todas sus manifestaciones a flor de piel.

Pero ¿qué es el kitsch? ¿Dónde surgió? ¿Quiénes son sus principales exponentes?

El kitsch resulta ser al igual que su sonido, muy garigoleado, fantástico y un tanto desechable, al considerársele “un tipo estable de vínculo entre el hombre y su medio, medio artificial en lo sucesivo, lleno de objetos y de formas permanentes a pesar de su carácter efímero” (Moles, 1990: 23). El kitsch está sumamente relacionado, como anteriormente lo vimos, a un ámbito consumista sin muchas metas intelectuales; por lo que el kitsch se encuentra instalado, como consecuencia, en el seno de la sociedad de masas, ésto lo ha llevado a imponerse como la cultura de todos y para todos: es un arte de vivir hecho a la medida del hombre promedio, un remedo de la elegancia de la clase alta, piratería con capacidad simbólica que permite sentirse apto para ser visto a la luz de una ilusoria noción de trascendencia social. Sus bases culturales surgen de una situación sociocultural de aspiración permanente a la felicidad.

El kitsch no hizo su aparición como por artes de magia, aunque se podría calificar como estridencia mágica el colorido que ha plasmado en lo gris de las ciudades: es cursilería y melosidad revestida de color pastel que “designa los desechos almibarados del gran siglo romántico” (Kundera, 2005: 67). Se especula mucho acerca de su aparición, pero el verdadero génesis del kitsch se remonta a los círculos artísticos de Munich alrededor de los 1870 y su momento justo de prosperidad, es cuando la división de las clases sociales empieza a emerger, unos empiezan a figurar a arriba y otros a figurar abajo; ésto ocasionó una fragmentación en la unidad de la concepción de la humanidad que se tenía hasta esos momentos. Los de abajo que tienen la posibilidad de crecer monetariamente hablando, se ven en la imperiosa necesidad de sobresalir con “glamur” y copiar éstos las características más sobresalientes de la adinerada burguesía de aquella época. En el terreno artístico, también se le designaba “kitsch” a los bocetos de fácil comercialización (aquí el inicio del sentido de la mercancía serial: la fácil adquisición) “Olvídese de comprar cuadros o piezas de arte carísimas, aquí le tenemos la más variada gama de pinturas al óleo” –palabras de un vendedor ambulante de cuadros por La Lagunilla –; y “he aquí que cuando el comerciante anuncia su precio irrisorio, lo que nuestros oídos escuchan es un ábrete sésamo tan banal como ineludible” (Amara, 2006: 62) que invita a llevarse la baratija más fantasiosa que la mente terrenal del hombre podrían fabricar.

El termino kitsch es un concepto universal, familiar, importante y corresponde sobre todo a una época de génesis estética, a un estilo de ausencia de estilo, a una función de confort sobreañadida, a un nada está de más del progreso (…) Es una palabra bien conocida del alemán meridional: kitschen es frangollar, y verkitschen es hacer pasar gato por liebre, vender algo en lugar de lo que específicamente se había pedido: se trata de un pensamiento ético subalterno, de una negación de lo auténtico (Moles, 1990: 9).

Abraham Moles (1990) dice que detrás del kitsch se esboza el estudio de un nuevo tipo de relación del hombre y las cosas donde se ponen de manifiesto los reflejos más visibles de la sociedad contemporánea con su mimetización con los objetos. El kitsch es la baratija, es un estado de ánimo que se materializa en los objetos: el antiarte, la mediocridad ilimitada y orgullosa de sí misma;
no es un fenómeno denotativo, semánticamente explícito, es un fenómeno connotativo, intuitivo y sutil; es uno de los tipos de relación que mantiene el hombre con las cosas. El kitsch (…) se cristaliza en los objetos (Moles, 1990: 10-11)

Y es que de alguna forma los humanos buscan resignificarse a través de los objetos, de alguna forma se busca que hablen por ellos diciendo como son o como les gusta que sean las cosas; se mantiene un vínculo que hace corresponder a los inanimado, que hace que se mimetice con el ambiente, pareciera como si el argumento como humanidad se hubiera agotado y sólo tuviera permanencia el objeto que se posee.





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