La memoria colectiva
La memoria humana es un continuo dotado de episodios diversos, de momentos singulares y de apoyos claramente diferenciados: unos son de corte y sabor claramente individual y subjetivo, otros, sin embargo, se remontan a acontecimientos socialmente compartidos
(Blanco, 1997, pág. 102)
(Blanco, 1997, pág. 102)
La memoria colectiva nos permite resolver la cuestión individuo/colectividad por medio de interacciones, conservaciones y diálogos con el otro; ésta memoria se construye en lo cotidiano y camina en compañía de la cultura y la tradición, “por ello no intenta medir, ni verificar, sino comprender a quienes ofrendan al pasado en el vivir cotidiano” (Carrasco, 2007, pág. 13). La memoria colectiva nos ofrece hablar de significados, de sentimientos, de afectividad, pero sobre todo nos permite hablar de una reconstrucción de lo vivido, es decir, nos brinda la posibilidad de hablar con un pasado que nos alimenta y que se inventa a si mismo de forma irreductible; y es que “el pasado, como experiencia inmediata, cuya inmediatez es fugaz por definición, parece no poder obtener su concreción de ninguna parte, así que, si es cierto que el lenguaje diseña las percepciones y bautiza los afectos, con mayor razón construye las memorias; la memoria es, mejor que ningún otro fenómeno psíquico, una creación: los recuerdos no se encuentran, se inventan (Fernández, 1994, pág. 96)
Es por eso que Fernández Christlieb cita muy atinadamente a Charles Blondel de la siguiente manera: “nuestros recuerdos no son reproducciones, sino reconstituciones y reconstrucciones del pasado” (ídem) en donde la existencia de un lenguaje permite a las personas hablar de eso que tanto les significa, es el espacio donde la gente con su experiencia diaria se expresa, en donde dice lo que tanto molesta o agrada, en él pueden encontrarse el pasado y los recuerdos, los afectos y las derrotas, “el lenguaje es el espacio social de las ideas” (Blondel en Fernández, 1994, pág. 88 ).
Blondel (1928) utiliza tres procesos de la psicología individual y los convierte en fenómenos de la psicología colectiva: la percepción, la afectividad y a la memoria (ídem); dichos procesos son interesantemente atravesados por el lenguaje, ya que la percepción “consiste en incorporar los acontecimientos y las experiencias a categorías construidas por el lenguaje, o sea, el proceso de meter la realidad dentro de las palabras” (Fernández, 2001, pág. 139); por su parte la afectividad es un “proceso por el cual una comunidad o una época define, mediante la comunicación y el uso del lenguaje, los sentimientos que decide sentir” (ídem); y en donde encontramos que “la memoria colectiva es un proceso de interpretación de los símbolos del pasado para armar una comprensión especifica del presente, un determinado aliento del futuro” (ídem). Blondel fue pionero en la psicología colectiva, y la finalidad de dicha psicología es la construcción de la realidad por medio del lenguaje, por lo que “en Blondel, el lenguaje es la clave de la existencia” (Fernández, 1994, pág. 95); pero éste autor no fue al único que le interesó el vínculo entre memoria y lenguaje, aparece también ese mismo pensamiento en Vygotsky (1930), en Frederic Barlett (1932) y en Halbwachs (1925; 1950), y es que no podría suceder de otra forma, ya que “para comunicar los significados hay que recurrir al lenguaje, esa creación cultural que habilita acordarnos de algo” (Mendoza, 2005, pág. 8).
Si bien la memoria colectiva debe su nombre al sociólogo francés Maurice Halbwachs, por cierto, “de vida muy productiva y de muerte muy absurda” (Aguilar, 1992, pág. 6), con más razón es preciso señalar que ésta perspectiva puede encontrar su antecedente teórico en el pensamiento de diferentes figuras prominentes como Durkheim, Bartlett, Vygotsky y en Mead (Mendoza, 2001, pág. 67); pero para Halbwachs, citado por Mendoza en significados colectivos (2001) “la memoria colectiva es el proceso social de reconstrucción del pasado vivido y experimentado por un determinado grupo, comunidad o sociedad” (Mendoza, 2001, pág. 68), porque pareciera suceder que “es dentro de la sociedad donde normalmente el hombre adquiere sus recuerdos, donde los manifiesta y, como se suele decir, donde los reconoce y los sitúa. Es en éste sentido que existe una memoria colectiva” (Ídem, citando a Halbwachs).
Es por eso que Fernández Christlieb cita muy atinadamente a Charles Blondel de la siguiente manera: “nuestros recuerdos no son reproducciones, sino reconstituciones y reconstrucciones del pasado” (ídem) en donde la existencia de un lenguaje permite a las personas hablar de eso que tanto les significa, es el espacio donde la gente con su experiencia diaria se expresa, en donde dice lo que tanto molesta o agrada, en él pueden encontrarse el pasado y los recuerdos, los afectos y las derrotas, “el lenguaje es el espacio social de las ideas” (Blondel en Fernández, 1994, pág. 88 ).
Blondel (1928) utiliza tres procesos de la psicología individual y los convierte en fenómenos de la psicología colectiva: la percepción, la afectividad y a la memoria (ídem); dichos procesos son interesantemente atravesados por el lenguaje, ya que la percepción “consiste en incorporar los acontecimientos y las experiencias a categorías construidas por el lenguaje, o sea, el proceso de meter la realidad dentro de las palabras” (Fernández, 2001, pág. 139); por su parte la afectividad es un “proceso por el cual una comunidad o una época define, mediante la comunicación y el uso del lenguaje, los sentimientos que decide sentir” (ídem); y en donde encontramos que “la memoria colectiva es un proceso de interpretación de los símbolos del pasado para armar una comprensión especifica del presente, un determinado aliento del futuro” (ídem). Blondel fue pionero en la psicología colectiva, y la finalidad de dicha psicología es la construcción de la realidad por medio del lenguaje, por lo que “en Blondel, el lenguaje es la clave de la existencia” (Fernández, 1994, pág. 95); pero éste autor no fue al único que le interesó el vínculo entre memoria y lenguaje, aparece también ese mismo pensamiento en Vygotsky (1930), en Frederic Barlett (1932) y en Halbwachs (1925; 1950), y es que no podría suceder de otra forma, ya que “para comunicar los significados hay que recurrir al lenguaje, esa creación cultural que habilita acordarnos de algo” (Mendoza, 2005, pág. 8).
Si bien la memoria colectiva debe su nombre al sociólogo francés Maurice Halbwachs, por cierto, “de vida muy productiva y de muerte muy absurda” (Aguilar, 1992, pág. 6), con más razón es preciso señalar que ésta perspectiva puede encontrar su antecedente teórico en el pensamiento de diferentes figuras prominentes como Durkheim, Bartlett, Vygotsky y en Mead (Mendoza, 2001, pág. 67); pero para Halbwachs, citado por Mendoza en significados colectivos (2001) “la memoria colectiva es el proceso social de reconstrucción del pasado vivido y experimentado por un determinado grupo, comunidad o sociedad” (Mendoza, 2001, pág. 68), porque pareciera suceder que “es dentro de la sociedad donde normalmente el hombre adquiere sus recuerdos, donde los manifiesta y, como se suele decir, donde los reconoce y los sitúa. Es en éste sentido que existe una memoria colectiva” (Ídem, citando a Halbwachs).
“Los grupos tienen necesidad de reconstruir permanentemente sus recuerdos a través de sus conversaciones, contactos, rememoraciones, efemérides, usos y costumbres, conservación de sus objetos y pertenencias y permanencias en los lugares en donde se ha desarrollado su vida, porque la memoria es la única garantía de que el grupo sigue siendo el mismo, en medio de un mundo en perpetuo movimiento. Toda memoria, incluso la individual, se gesta y se apoya en el pensamiento y la comunicación de grupo: cada uno está seguro de sus recuerdos porque los demás también los conocen, aunque el evento recordado no haya existido realmente, como en el caso de las anécdotas de la infancia, que uno tiene que llegar a creerlas e incluso a recordarlas” (Aguilar, 1992, pág. 6)
Las colectividades, llámense éstas sociedades o personas, pasan por un infinito de experiencias que a la vez le permiten ir construyendo su realidad, porque “la realidad se construye de irla conociendo” (Fernández, 2004, pág. 255), de irla domesticando hasta que logramos fusionarnos; la práctica viva de la colectividad se va formando y transformando en toda una suerte de cosas, que van desde textos, modas, edificaciones, canciones, mitos, datos, estilos, artefactos, anécdotas, cuya característica es que son reconocidos por la gente en virtud de que tienen un nombre y son localizables en espacio y tiempo (Fernández, 1994, pág. 98). En ésta ocasión, el estudio que se presenta se aproxima con los lentes de la psicología colectiva, a los artefactos y a las anécdotas, interpretados éstos, como experiencias de memoria, ya que se “consiste en narrar la propia vida, en como se ha llegado a ser el que se es (...) Lo que importa a quien narra la propia vida es configurar su identidad, crearle un horizonte al presente plano, construirse para sí mismo y para otros en toda su complejidad humana” (Fernández, 1997, pág. 68).
Si bien la memoria es una capacidad superior de los seres humanos, es preciso no olvidar en éste sentido que es una capacidad sobre todo, como ya lo hemos visto, de origen social; sabemos, como nos dice Amalio Blanco que “son las personas quienes recuerdan y quienes intentan muchas veces alejar de la memoria el rastro de sus horas sombrías, pero el recuerdo colectivo se convierte con inusitada frecuencia en una verdadera institución social” (Blanco, 1997, pág. 86), la cual nos brinda una rica y reconstruida lectura del pasado, ya que “ofrece una visión de como la actividad social humana sirve para preservar el pasado y el presente, constituyendo así, una forma de memoria irreductible a los acontecimientos de la mente individual” (Bakhurst, 1992, Pág. 222). Para Halbwachs la memoria es un producto social de creación colectiva, en donde se enfatizaba la influencia de la religión, de la familia y los grupos sociales, dando pie a un entramado de infinitas posibilidades para las nuevas resignificaciónes. El ser humano es un individuo no aislado, es un individuo que mantiene y crea vínculos con iguales, ésto con el fin de conservar y preservar viva la interacción con sus semejantes y con su entorno.
Ahora bien, encontramos que la sociedad mexicana tiene gran entusiasmo para el recuerdito y para la canción bonita que nos hace suspirar, por ahí dicen que “recordar es volver a vivir”, y quien diría que esta frase tan ordinaria es la base perfecta para abrirle a la memoria la posibilidad de regresar; y es que la memoria se nutre de los actos significativos de un ayer que no quiere ser abandonado en una trastienda, de un pasado que habla por medio de recordatorios sutiles pero a la vez permanentes, de conmemoraciones, de fechas singulares; aquí no hablamos de artefactos fugaces, hablamos de significados, hablamos de experiencias, de sensaciones y de vivencias entremezcladas en los laberintos de una memoria que se niega a ser silenciada, y es que “sin duda el recuerdo engendrara sensaciones al materializarse; pero en éste momento preciso cesará de ser recuerdo para pasar al estado de cosa presente, actualmente vivida” (Bergson en Carretero, 1960, pág. 283). Es preciso señalar antes de continuar que, la memoria aquí expuesta en éste trabajo de investigación, no es la recuperación de información almacenada ni el archivero frío en donde guardamos nuestras experiencias, ni mucho menos sólo cuestión neuronal como nos ha hecho creer la sofisticada psicología, sino más bien la interpretamos como toda una re-creación sobre un estado de cosas pasadas que ofrecen permanencia e infinitud, o mejor dicho, como lo entiende Plotino “la memoria es la imagen de la eternidad” (Xirau, 1993, pág. 17).
La memoria está atravesada por la eternidad, por la permanencia y por lo vivo, por lo que queremos que se cuente. La memoria funciona como crisol y como ventana al mismo tiempo: es fácil de llenar, pero también resulta fascinante recurrir a ella con motivo de seguir encontrándonos; de ahí que se anhelen otros momentos, otros instantes en donde hemos llegado a considerar a los años maravillosos como inicio y motor de las acciones cometidas hoy en día, y en donde la nostalgia, la mayoría de las veces, juega ilusoriamente con el presente. Mendoza (2004) dice que la memoria se encuentra en los objetos, en el espacio y en el tiempo; pero, ¿es que donde más la podríamos encontrar?, ¿únicamente en las neuronas como parte de un proceso individual como nos ha hecho creer la psicología moderna? Aunque seria pertinente hacer el señalamiento de que la gente hacemos uso de dos formas de memoria como nos lo señala Halbwachs, y la diferencia entre la memoria individual y la colectiva, es que la primera siempre será sólo un punto de vista dentro del macrocosmos, es decir, un recuerdo cultural siempre estará ligado a la memoria colectiva, aquí el recuerdo personal será sólo un átomo de la gestalt del recuerdo social. Con nuestra propuesta no le restamos ninguna importancia a ese átomo, por el contrario, éste nos guiará para desenmarañar los sentidos de la conservación de los objetos en las vitrinas para la sociedad mexicana, y lograran develar que lo que creíamos sólo nos pertenecía a nosotros “puede encontrarse y conservarse en ambientes sociales definidos” (Aguilar, 1992, pág. 9), es decir, los significados y los sentidos personales pueden encontrarse configurados de diferente forma y contenido dentro de la sociedad.
“en ese conjunto de huellas del pasado que constituye el recuerdo, se entremezclan memorias autobiográficas con memorias sociales, éstas últimas producto de la manera en que el grupo o grupos de los que formamos parte se representan. De tal suerte, nuestra “cultura privada” se conecta con la “cultura pública” –usando los términos de Barclay y Smith (citados en Rosa et. al. 2000:47)- puesto que la identidad no radica en la autoimagen, sino en el sentido de pertenencia a una entidad mayor a nosotros” (García y Sánchez, 2004, pág. 115)
“Pertenencia de alguien a algo mayor y envolvente como modo de la identidad” (Fernández, 2000, pág. 78), como única forma de permanencia y arraigo, pertenencia que nos hace corresponder y delinear nuestro pensamiento y actos frente al entramado en el que se teje la memoria colectiva, en sus afectos y en sus rutinas; porque reconocerme dentro del espejo de lo social, me permite vincular mi memoria con el presente propuesto, los “otros” significantes ayudan en la formación de la identidad atando cabos, desprendiendo anécdotas en donde me es fácil visualizarme como parte de la forma ambigua de la cotidianidad, porque “tener identidad implica ser en compañía de los otros, ésto es estar consciente de lugar y tiempo en donde se vive, preocuparse por lo que sucede en nuestro entorno” (Carrasco, 2007, pág. 41) es decir, se refiere a reconocerse en tiempo y espacio, porque “cuando uno siente identidad sabe quien es. La identidad está fundada en el inconmensurable pasado, en la magia de crearse en un espacio y tiempo” (Carrasco, 2007, pág. 42-43)
“La identidad consiste básicamente en la representación de uno mismo” como bien lo dicen García y Sánchez (2004) y se construye sobre la base de una serie de recuerdos que giran entorno de nuestra vida; es en éste proceso, donde vemos aparecer a la memoria como herramienta fina que nos permite echar mano de todo lo significativo en la vida, significados “asociados a las vivencias que ocurrieron en fechas y lugares determinados” (Sánchez y García, 2004, pág. 117) y que con el tiempo van integrándose “a nuestra visión del mundo y a la visión de nosotros mismos en ese mundo” (ídem).
Una estructura narrativa permite darle orden a la identidad y a la memoria colectiva. Para Paul Ricoeur la identidad consiste en “un proceso de autointerpretación mediado por estructuras sistémicas y narrativas” (ídem)
“Pertenencia de alguien a algo mayor y envolvente como modo de la identidad” (Fernández, 2000, pág. 78), como única forma de permanencia y arraigo, pertenencia que nos hace corresponder y delinear nuestro pensamiento y actos frente al entramado en el que se teje la memoria colectiva, en sus afectos y en sus rutinas; porque reconocerme dentro del espejo de lo social, me permite vincular mi memoria con el presente propuesto, los “otros” significantes ayudan en la formación de la identidad atando cabos, desprendiendo anécdotas en donde me es fácil visualizarme como parte de la forma ambigua de la cotidianidad, porque “tener identidad implica ser en compañía de los otros, ésto es estar consciente de lugar y tiempo en donde se vive, preocuparse por lo que sucede en nuestro entorno” (Carrasco, 2007, pág. 41) es decir, se refiere a reconocerse en tiempo y espacio, porque “cuando uno siente identidad sabe quien es. La identidad está fundada en el inconmensurable pasado, en la magia de crearse en un espacio y tiempo” (Carrasco, 2007, pág. 42-43)
“La identidad consiste básicamente en la representación de uno mismo” como bien lo dicen García y Sánchez (2004) y se construye sobre la base de una serie de recuerdos que giran entorno de nuestra vida; es en éste proceso, donde vemos aparecer a la memoria como herramienta fina que nos permite echar mano de todo lo significativo en la vida, significados “asociados a las vivencias que ocurrieron en fechas y lugares determinados” (Sánchez y García, 2004, pág. 117) y que con el tiempo van integrándose “a nuestra visión del mundo y a la visión de nosotros mismos en ese mundo” (ídem).
Una estructura narrativa permite darle orden a la identidad y a la memoria colectiva. Para Paul Ricoeur la identidad consiste en “un proceso de autointerpretación mediado por estructuras sistémicas y narrativas” (ídem)
“¿que implica decir que la identidad se construye narrativamente? Pues que los actos de identificación, como señalan Rosa, Bellelli, y Bakhurst (2000), están situados, es decir, se producen en contextos concretos, tienen su dramaturgia propia: no son actos que desvelen una forma de ser, sino que manifiestan una forma de “estar” de ese sujeto en “ese momento determinando” y ante las personas y las circunstancias ante las que se halla entonces (…) por su parte Bourdieu (1986) refuerza ésta concepción de la identidad como producto de procesos autonarrativos al señalar que: “producir una historia de vida, tratar la vida como una historia, es decir, como el relato coherente de una secuencia significante y orientada de acontecimientos, equivale posiblemente a ceder a una ilusión retórica, a una representación común de la existencia a la que toda una tradición literaria no ha dejado y no deja de reforzar” (1986:69). Ilusión o no, la elaboración de una narración coherente del pasado parece ser un elemento indispensable en la construcción de la identidad, lo que nos lleva nuevamente a recalcar el papel de la memoria colectiva como proveedora de los elementos culturales que permiten dicha construcción, puesto que, como se ha señalado, la narración del pasado no es realizada por el individuo aisladamente, sino que se apoya en las versiones de los demás sobre la experiencia compartida” (Sánchez y García, 2004, págs. 117-118)
La memoria, al ser experiencia compartida, se edifica en narraciones que son formas particulares de discurso y modos de organizar las vivencias, sobre todo las pasadas y las que están llenitas y revestidas de significados; estas vivencias al ser compartidas se recurre a “relatos lógicos que muestren la verosimilitud de lo que se está recordando o relatando” (Mendoza, 2004, pág. 1). “se recuerda construyendo relatos, lo mismo infantes que adultos terminan por narrar lo que les ha acontecido o lo que algo significa para ellos. Y en el fondo de todas éstas dimensiones de la narrativa y la memoria se encuentra el sentido, lo significativo de los eventos del pasado, de lo que se conoce o puede conocerse” (Mendoza, 2004, pág. 13)
Es en la narrativa donde se nutren y mantienen los recuerdos; en ella, con sus relatos largos y cortos, intensos y débiles de emoción es donde las memorias se delinean a la par de los eventos significativos, "porque lo que no se estructura de forma narrativa se pierde en la memoria" (Bartlett en Mendoza, 2004, pág. 3). Los relatos nos permiten configurar y ordenar los adentros.
Ahora bien, “frente a la disolución de la vida en el tiempo, se alza la memoria como un asidero que la retiene impidiendo o al menos retrasando la pérdida total de lo vivido, el vaciamiento, el olvido” (Fernández, 1997, pág. 67), es en éste escenario, donde la memoria colectiva buscará la sobrevivencia del grupo, ya que está conciente de que nos movemos en situaciones y en tiempos adversos, somos parte como dice Fernández Christlieb de un “pensamiento rápido, cambiante y descuidado, despreocupado de conservarse y sólo preocupado de avanzar, de ir pensando lo que todavía no esta pasando, y que va más veloz que la identidad” (Fernández 1994, pág. 100) y en donde como consecuencia, la mayoría de las veces olvidamos de donde venimos y quienes somos como entes gestados de una sociedad multiforme, y “al olvidar, una sociedad deja huecos, hoyos, puntos oscuros que impiden entender la riqueza y amplitud de las vivencias del pasado (…) cuando se olvida se está encogiendo la realidad” (Mendoza, 2004, pág. 9), y como fatídica consecuencia, la identidad.
El olvido y la individualidad es el síntoma del siglo XXI, y la memoria colectiva ha luchado por mantenerse invicta ante el indiferencia de una psicología que la quiso echar a la periferia, refugiándola únicamente en el sujeto, apartándola así, de las colectividades. Afortunadamente “al menos desde la segunda y tercera década del siglo XX hubo cuatro autores que señalaron que la memoria se contenía en marcos sociales, era colectiva, era cultura interiorizada y se generaba en un esquema de influencia social” (Mendoza, 2004, pág. 6). Éste es el origen de la memoria colectiva.
La memoria colectiva me sirve de base teórica para argumentar mi justificación frente a la recuperación del sentido de recordar y conservar objetos dentro de una sociedad de consumos acelerados, a la vez que me permitirá rastrear los sentimientos por los que son atravesados dichas conservaciones. Como mexicanos, poseemos una memoria colectiva e individual suspendida del pasado y de fragmentos decaídos de una existencia previa, tenemos un armado de nostalgias a partir de unos enaltecidos acontecimientos que reconstruyen y que evidencian el pasado en abandono desde la pérdida del presente, conservando un mundo decrépito en el límite del olvido, en donde esos acontecimientos serán el único vínculo testimonial de lo que fue; pero esos recuerdos no están en la cabeza de los individuos, sino en el alma de la sociedad y más específicamente en sus objetos, éstos permiten que la memoria se constituya como la lucha eterna contra el olvido; pareciera entonces que el tiempo se detiene con los objetos, se detiene a la par de los sentimientos materializados permitiéndonos una resignificación en nuestros afectos y en nuestras relaciones. Es por lo anterior que apelamos como referente teórico a la memoria colectiva, ya que a ella le interesa lo que permanece y no lo que cambia, y sobre todo porque “la memoria colectiva es uno de los emergentes de la dinámica grupal, de esa dinámica histórica en la que los individuos han ido creando de manera conjunta marcos de referencia para orientarse en el mundo que les rodea. La memoria colectiva es uno de los productos de la intersubjetividad, es una de las consecuencias de la capacidad que el hombre tiene para la interacción y la comunicación y, desde ahí, para la construcción de lo social” (Blanco, 1997, Pág. 97)

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