una mercancía es una cosa que se esfuma

mal que bien, hasta bien entrado el siglo XX, uno podía siquiera por un rato tener en la mano una cosa de verdad, aunque no pudiera guardarla porque por alguna razón se acababa demasiado pronto. pero hacia fianles del siglo ni eso, porque los obejtos que constituyen las mercancías van perdiendo su concreción, estabilidad y tangibilidad que era tradicional de las cosas hechas y derechas, y literalmente empiezan a borrarse de la vista y del tacto y de los demás sentidos de la percepción, y la sociedad se va convirtiendo poco a poco en un mundo lleno de nada: la mercancía se hace un objeto desprendido de la realidad palpable, como si fuera perdiendo materialidad donde aferrarse.

se entiende entonces por qué, a fin de siglo la gente se aferra a su propio cuerpo: es la única cosa tangible que le queda, aunque no sea muy durable ni permanente ni heredable, y se sospeche desde temprano, no obstante se niegue hasta tarde, que como compañia fiel es un objeto más bien ingrato, porque también pasará de moda y demás desgracias. mientras tanto, uno puede añadirle tono muscular, bronceado caribeño, colesterol del bueno, fotos fuji, doctores de lo mejor, cramas lancöme, tintes l`oreal y sacos hugo boss para esconder la barriga, único accesorio que nunca disminuye (...) como objeto, el cuerpo mercantil es un servicio, como un masaje, porque es un hecho que se deshace mientras va sucediendo.

fernández christlieb, 2003: 59-60
los objetos y esas cosas

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