ël mundo de los objetos



La sociedad industrial ha trasformado radicalmente, en los últimos ciento cincuenta años, el hábitat del hombre, y ha creado con ello un novísimo espacio artificial cuyo rasgo más peculiar reside en la proliferación de los objetos manufacturados por el hombre. Al venir al mundo en éste contexto preexistente, la sensibilidad humana se ha atrofiado en la percepción y valoración de algo tan común y cotidiano en nuestra civilización occidental, al punto que bien podría clasificársela, en su estado actual de sociedad de consumo, o de “sociedad objetal”. Nuevos lazos de dependencia, nuevas formas de producción, de adquisición y de consumo deben al hombre de la “sociedad objetal, rodeado en su vida pública y en su vida íntima de un arsenal de objetos que le satisfacen necesidades pero que, a la vez, le crean otras formas nuevas. (Moles, 1975, Pág. 7)


Basta con detenernos a contemplar lo retacado que está nuestro armario, nuestra sala, los supermercados, la ciudad, el planeta entero para darnos cuenta que algo maquiavélico se cocinó tras las puertas de la prometida modernidad; en la civilización contemporánea todo se acumula, la nuestra parece ser una cultura de la acumulación, y es que la proliferación de cosas para abastecer el más excéntrico capricho humano ya está al alcance, ya no suena lejano ni mucho menos incierto la posibilidad de perder kilos en tres días con la súper faja reductora o simplemente poseer el utensilio de cocina que separa la clara de la yema, o el foco de 75 o 100W. Resultaría increíble imaginar al planeta sin accesorios: Una vida de estudiante ya no se concibe sin libretas y sin pluma, una mujer sin cosméticos y un mecánico sin tantísimas llaves, o sin licuadora, sin la lámpara de leer por las noches, sin cafetera, sin platos hondos o extendidos o sin nada de nada más que lo indispensable. Co/mo/di/dad es lo que responderían algunos humanos si les preguntásemos de los usos de las cosas contenidas en su vida cotidiana, pero a la vez, considero que todo está hecho a la media de la inutilidad, todo se incremento y todo lo encontramos en medidas de “ese” “mediano” o “larch”, ya no entra la posibilidad de vivir sin los quince pares de zapatos o sin el acondicionador para cabellos largos o cortos, ya no le tenemos miedo a los plásticos ni a los aerosoles, “la historia de la época moderna (…) es la historia de un desencantamiento continuo” (Berman, 1995, Pág. 16): primero conquistamos nuestro espíritu con la modernidad, después conquistamos el espacio con naves interplanetarias que nos alejaron de la Madre Tierra dejándonos eternamente perplejos y alejados del encanto.

Tristemente en la actualidad todo pareciera que tiene la etiqueta de novedad tecnológica, de frivolidad neuronal, de suspicacia, de vacío, dirían algunos. Pero más bien, considero que lo se ésta viviendo es una especie de desoquedad, en todos los grados y en todos los niveles, ya no nos conformamos con una linda florecita sobre la pared, ahora llenamos y rellenamos una flor tras otra flor hasta conformar un completo papel tapiz garigoleado y saturado con flores y que resulta estridente para los sentidos y la convencional estética. “Los espacios libres son como las ausencias dolorosas” (Fernández, 2005) que acrecientan nuestro sufrir, es preciso llenar lo vacío, es preciso cantar para que se vaya el silencio, es como "(…) una especie de pérdida o de ausencia que urge, con urgencia de modernidad, de ser ocupado, o más bien tapado, porque asusta, porque se lo puede chupar a uno. Y la manera de taponar ese vacío es repletándolo de objetos" (Fernández, 2003, Pág. 27)

Los objetos poblaron nuestras salas y nuestros armarios, las vitrinas y el trinchador; hay objetos por aquí y por allá, encima del refrigerador, sobre la tele, se habla de ellos a la menor provocación, y con singular alegría se toma una taza de café, se usa un ordenador, se habla por el celular mientras se está sentado en una silla o se degusta una sopa calientita en un plato amarillo, nuestra vida está rodeada y readaptada por los objetos, es decir que “los objetos cotidianos proliferan, las necesidades se multiplican, la producción acelera su nacimiento y su muerte, y nos falta un vocabulario para nombrarlos” (Baudrillard, 1997, Pág. 1), y es que existen tantos que no se si un día la ociosidad nos permita contarlos.

¿Pero a qué nos referimos cuando decimos que “objetos” y “cosas” poblaron nuestro entorno? ¿Qué son éstos “objetos” y éstas “cosas” a las cuales aludimos? Etimológicamente objeto (objetum) “significa lanzado contra, cosa existente fuera de nosotros mismos, cosa puesta delante de nosotros que tiene un carácter material: todo lo que se ofrece a la vista y afecta los sentidos” (Moles, 1975, pág. 29). El Diccionario Enciclopédico Larousse dice que un objeto es alguna “cosa material y determinada, generalmente de dimensiones reducidas” o bien, “causa o motivo de una acción, una operación intelectual, un sentimiento, etc.” (1999, Pág. 871), y para el mismo diccionario el término de “cosa” se refiere a “todo lo que existe, o puede concebirse como existente, ya sea corporal o espiritual, natural o artificial, real o abstracto, como entidad separada” (1999, Pág. 337). Fue Carlos Marx el primer teórico en definir la distinción clara y exacta entre cosa y objeto; para él, los objetos tienen dos tipos de origen, la naturaleza y la fabricación humana; mientras que las cosas sólo tienen un único origen: la naturaleza. Pero a fin de cuentas, coincido con Piñuel y Gaitán, lo que determina que es un objeto y que es una cosa es el uso al que el ser humano los somete (Piñuel y Gaitán, 1995, Págs. 342-343) es decir, “una cosa, en el momento en el que se integra en una conducta para satisfacer una finalidad humana, se convierte en objeto” (ídem)
De ahí que Marx definiese a los objetos exclusivamente por el sometimiento a fines humanos es decir, por su finalización (entendiendo esta finalización como “sometimiento a fines”). Algo, por tanto, es objeto en el momento en que ese algo es finalizado por vía práctica, social o humana. Una cosa producto de la naturaleza, puede ser objeto o no, según se finalice o no se finalice (ídem).

(…) “tanto de los objetos como de las cosas (todo aquello que no es el propio cuerpo del individuo), se tienen siempre unas representaciones (imagen mental), en las que se le asignan funciones a los objetos y las cosas (para que sirven y de que manera) y valores (porque un objeto es mejor que otro, etc.) (Piñuel y Gaitán, 1995, pág.343)

Podría decirse también que los objetos y las cosas conforman todo lo artificial movilizable del ambiente humano, es decir, todo lo que está hecho. La elección en el mundo material sirve para manifestar la individualidad, pues se utilizan objetos para hacer declaraciones personales, para decir algo acerca de quien está en relación con los otros. Así las cosas, las relaciones del individuo con el medio social pasan fundamentalmente por los objetos y productos, de ésta manera, la psicología de la vida social se orienta hacia el estudio de las relaciones del individuo con las cosas, puesto que éstas cosas son productos sociales mucho más caracterizados y efectivos que los seres humanos que las fabricaron. La cultura incluye esencialmente todo un inventario de objetos y servicios que llevan el sello de la sociedad; son portadores de signos. Los objetos se vuelven escenario de un trabajo simbólico, de una producción en doble sentido, pues se les fabrica en serie y se les exhibe como prueba de la consagración de un esfuerzo o valor social.

El valor es una propiedad que se atribuye al objeto; dicha atribución se lleva a cabo en un contexto social y es, a menudo, arbitraria. No es jamás una propiedad inherente al objeto o al material; el valor es, entonces, algo asignado por un individuo o por un grupo, es decir, el valor cultural se define como una creencia o sentimiento, ampliamente mantenido, de que algunas actividades, relaciones, sentimientos o metas son importantes para la identidad o bienestar de la comunidad.

Ahora bien, Fernández Christlieb dice que a “las cosas también se les llama objetos porque objetan, porque ponen objeciones; ésto es, que se ponen enfrente de uno y lo confrontan, le oponen resistencia, sea para a cruzar a través de ellos, para utilizarlos o para comprenderlos” (Fernández, 2003), aquí Fernández hace aparecer al ser humano como en un juego en donde humanidad y el mundo de los objetos luchan eternamente tratando de cruzarse, de utilizarse o de comprenderse.

Por su parte, Abraham Moles dice que el papel fundamental del objeto es resolver o modificar una situación mediante la acción en el que se le utilice, es decir, el objeto aparece como mediador entre el hombre y el mundo (Moles, 1975, Pág. 15), es decir, “el objeto se convierte en el verdadero testimonio de la existencia de una sociedad” (Moles, 1975, Pág. 22) porque “el objeto es comunicación; es portador de signos” (Moles, 1975, Pág. 25)

Los objetos al ser entendidos como signos, producen efectos de significación sensible, como señalan autores especialistas en el lenguaje de los objetos, como Moles, Baudrillard, Bourdieu, y como cualquier persona puede contestar. Pero no son sólo los objetos en sí los que transmiten un mensaje, sino que es junto al sujeto desde un contexto dado, los que hacen percibir al objeto como conformador de tal o cual estrategia comunicativa; es decir, que la significación de un objeto no es cuestión sustancial, sino relacional. Corresponde al orden de lo simbólico ocuparse del análisis de las cargas que, para un sujeto, le dan valor y sentido a los objetos.

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