De ëncantamientos y distiancias

El encantamiento alude a “una forma de conocer que implica comprensión, el diálogo, la maravillosa oportunidad de otorgar voluntad, intención y autonomía al otro, o a cualquier cosa que lleve consigo un recuerdo, una experiencia, una vivencia que nos haga voltear al pasado” (Carrasco, 2007, pág. 54), en donde volver a vivir este pasado, significaría sazonarlo con las especies de la aventura interior, otorgándole al objeto con significado características propias y vivas que lo sacan de su estado inanimado para dejarlo ser, para dejarlo en libertad, es decir, dentro del encantamiento los objetos no son tratados como cosas “sino como seres que tienen sus razones” (Fernández, 2004, pág. 269) de existencia, son ellos mismos los que determinan sus atmósferas, sus contornos, son ellos los que componen de armonía su espacio elegido; el encantamiento permite bañar a los objetos de sentidos y significados, un vínculo de afectividad debe amarrar nuestras esencias para transformar a las cosas en objetos con cercanía, es decir, los objetos se convierten en “bienes de trato, opuestos a los bienes de consumo. Aquí hay amor a los objetos” (Fernández, 2003, pág. 11).

Los objetos están implicados en la travesía humana desde el principio, por medio de ellos hacemos referencia a épocas y períodos, a ciclos, a fases, a estaciones de tiempo; pero sólo algunos, en los “más especiales”, se vuelcan emociones y memorias, de ellos se habla, ellos se usan para evocar acontecimientos en los que la nostalgia y la conservación aflora con un lenguaje cursi en donde como monumentos se alzan frente al olvido. En estos objetos se confían los recuerdos, “más no sólo su función es guardarlos celosamente, sino brindarnos cercanía a ellos, devolvernos el espíritu para poder echarlos a la vida” (Carrasco, 2007, pág. 30), así es como lo inanimado, por medio del valor sentimental, cobra existencia en la esfera de la materialidad, porque “esto de valor sentimental significa que el objeto es parte de uno mismo y que hay algo de uno mismo en el objeto: no existen separados y no se puede discernir tajantemente entre uno y el otro” (ídem), hemos dejado de ser un sólo “yo” para convertirnos en un “nosotros” que late fusionado.

Ahora bien, la comuna posmoderna se caracteriza por contactos fugaces, quebrantamiento espiritual, pastiches, y pareciera que aquí el tiempo “nos pasa más rápido” para llegar justamente “a no se donde”; es por esta razón, que la necesidad de contarnos historias que relaten nuestros días y de permanecer anclados a los sentimientos se incrementa con la velocidad y los artilugios de una época redimensionada en diferentes discursos, discursos que van desde la fragmentación hasta el camuflaje identitario, y en donde la movilidad de sus participantes y lo camaleónico de sus acciones dan la pauta exacta para explorarlos. La conservación hacia ciertos objetos se vuelve imperiosa para no alejarnos completamente de lo que nos brinda sentido, para no alejarnos lo suficiente del cadente movimiento de nuestros afectos, ya que lo maravilloso y espectacular de los objetos vive en que personifican las relaciones humanas, configuran el espacio que comparten y poseen un alma, específicamente el alma de una sociedad (Baudrillard 1997), porque todo parece indicar que los objetos son densificaciones de los significados construidos, pero también extensiones de los sentimientos y afectos con que se construyen; por ello, los seres humanos y sus objetos están ligados por una complicidad, o una continuidad como escribiría en el 2003 Fernández Christlieb. Los objetos amorosos otorgan existencia al pasado vivido, nos mantienen arraigados, encapsulados, enraizados a un cúmulo de experiencias difíciles de destejer de nuestra identidad: los objetos somos nosotros mismos. Es por eso que si se rompe la copa del 50 aniversario o extraviamos un recuerdo materializado, es decir, un objeto, perdemos un poco de ese mito fundacional que nos ha mantenido firmes ante los acontecimientos importantes que queremos que perduren, así como también perdemos un mucho de nosotros mismos; estos objetos son producidos por un hombre enternecido que un día se percato de que necesitaba la permanencia de sus vivencias ante la velocidad de una época.

Son los objetos quienes contienen la memoria de los pueblos, y es que la gente necesita colocar su pasado en algún lugar, necesita recordar a base de preservar, a base de seguir sintiendo esos cosquilleos que acompañan a los tiempos que nos permiten regresar a “eso que me resulta muy mío”, porque “el tiempo, para Bloch, es la esperanza de la vuelta al hogar (…) la vuelta del hombre a aquello que le es más propio, su existencia, como hogar (...) allí donde el hombre confiere a las cosas la consagración de elevarse a un destino que, lejos de un continuum temporal que fluye con movimiento propio más allá de los productores, abre una posibilidad histórica habitada por la correspondencia entre hombres y cosas” (Salvi, 2003, Págs. 15-16):

Hombres y cosas tejidos en una red infinita de complicidad, en donde los afectos fluyen, se comunican, se odian y aman a la vez, en donde los objetos que tiene valor sentimental se tornan cómplices de la memoria, por momentos han dejando de ser ellos para convertirse en guardianes del recuerdo, es como si su presencia impidiera tejer el olvido, y es entonces cuando “este objeto tiene algo de la gente” (Carrasco, 2007, pág. 32). Todo lo que poseemos tanto en objetos como en recuerdo nos alimenta, y sólo aquello que tiene algún significado, es digno de mantenerse para posteriores tiempos (Mendoza, 2003); no importa que sean feos, no importa que tengan años de existencia y que al elefantito rosa se le caiga y se le caiga su trompita a cada rato, no importa que sean combinables o no, no importa que guarden polvo o que ya no haya más espacio para llenar, en la sala o en el armario, pero lo que verdaderamente importa es que se siga hablando de ellos como forma de exaltar la permanencia.

Así las cosas, el hombre ha fabricado toda una serie de objetos que nos ayudan a eternizarnos, es decir, hemos creado objetos con la intención de que la memoria no nos pase desapercibida, y para que sea ella misma, la que cuente la historia de los días. Entre el hombre y sus objetos se establece un vínculo de simpatía, en donde a fuerza de conocerse se hacen semejantes, son una unidad. Los objetos y los seres se fusionan, están en una dimensión diferente a la que nos encontramos con las cosas la mayoría de las veces, es como si con algunos objetos lográramos mimetizarnos y perdernos entre su material y sus colores, entre su función y su tiempo. La relación que se establece en ellos es de confabulación, de camaradería; humanos y objetos se sonríen, se coquetean hasta lograr el encantamiento, atravesado éste por los sentimientos y las pasiones. “Los objetos obtienen permiso y capacidad de expresión, a condición de que los sujetos tengan la capacidad de impresionarse por los actos de los objetos” (Fernández, 2004, pág. 271), es decir, el discurso del objeto existe siempre y cuando la gente cuente con la habilidad para impresionarse por lo que pueden desencadenar los objetos, en éste caso, recuerdos, nostalgias, amores, distancias, puesto que “cada objeto contiene la historia y el significado de su origen” (Berman, 1995, pág. 173).

A estas alturas se aclara que con el término de “encantamiento” que se utiliza en el trabajo de investigación, se hace también referencia a la participación original en donde la esencia de ésta es el sentir y en la percepción corporal de que detrás de los objetos y de las situaciones existe un reflejo propio, “noción de que sujeto y objeto, el sí mismo y el otro, hombre y ambiente, son a final de cuentas idénticos” (Berman, 1995, pág. 76); porque "encontrar semejanzas implica la disposición del sujeto a dotar a lo otro con sus propias características, e incorporar lo otro al sujeto, lo cual opera para las gentes, a las cuales se les llama precisamente “semejantes”, pero también para los animales, los muebles, o la ropa: la frase “cada cosa se parece a su dueño” es un aforismo epistemológico" (Fernández, 2004, pág. 270)

Pero así como podemos encontrar un mundo con objetos encantados, un día también la realidad y el universo entero aparecieron encantados, tal como lo refiere Berman Morris en el siguiente fragmento:
“La visión del mundo que predomino en Occidente hasta la víspera de la Revolución Científica fue la de un mundo encantado. Las rocas, los árboles, los ríos y las nubes eran contemplados como algo maravilloso y con vida, y los seres humanos se sentían a sus anchas en este ambiente. En breve, el cosmos era un lugar de pertenencia, de correspondencia. Un miembro de este cosmos participaba directamente en su drama, no era un observador alienado. Su destino personal estaba ligado al del cosmos y es ésta relación la que daba significado a su vida” (Berman, 1995, pág. 16)

La Edad Media resultó ser la época en donde éste tipo de pensamientos se satisfacía, en donde cosas y seres aparecían en el juego continuo del amor, porque el encantamiento no estaba guardado, más bien la vida misma resultaba encantada, y a lo largo de éste período “la gente se veía a sí misma, en cierta medida, como una continuidad del ambiente” (Berman, 1995, pág. 157), ésta forma de participación con el entorno implicaba unión e identificación, y nos habla de una totalidad que hace mucho ha desaparecido de escena, debido a que “con la revolución científica, los considerables restos de la participación original fueron finalmente expulsados, y ésta expulsión constituyó un episodio muy significativo en la historia de la conciencia moderna” (Berman, 1995, pág. 73), donde lo característico de ésta conciencia “es que no reconoce ningún elemento de mente en los así llamados objetos inertes que nos rodean” (Berman, 1995, pág. 69), se concibe a los objetos como cosas distantes.

Por lo tanto, “poner distancia” equivale a separarnos, a concebirnos “fuera de”, NO dentro de las emociones o de las situaciones con que la vida nos enviste; la humanidad está atravesada por el retorcido discurso de la disociación objeto/sujeto, no se quien se afanó en alejarnos, en poner tierra de por medio entre lo animado y lo inanimado: separación y distanciamiento es lo que caracteriza ésta forma “muy moderna” de pensar, existe dicotomía entre lo que tiene alma y lo que nos resulta inerte, “yo no soy mis experiencias y por lo tanto no soy realmente parte del mundo que me rodea” (Berman, 1995, pág. 16) porque “todo es un objeto ajeno, distinto y aparte de mi. Finalmente yo también soy un objeto, también soy una “cosa” alienada en un mundo de otras cosas igualmente insignificantes y carentes de sentido. Este mundo no lo hago yo: al cosmos no le importo nada y no me siento perteneciente a él. De hecho, lo que siento es un profundo malestar en el alma” (ídem)

Y con éste profundo malestar en el alma convivimos la mayor parte del tiempo, los minutos se nos escurren, y a pasos agigantados la humanidad entera se ha sumergido en las velocidades de una época que ya no se detiene a platicar, que se inunda de actividades para no pensar, para no sentirse, vemos como la época entera enciende el televisor para no escucharse. El olvido comienza cuando la rapidez inicia, y ésta rapidez consiste esencialmente en dejar todo atrás, en pasar todo cómo desapercibido, hasta darnos cuenta al final del día, y de la vida, que nos hemos acercado a un sin número de hechos, pero sin profundizar en ninguno, “porque para hundirse hay que ralentizarse, mientras que la rapidez es una velocidad de superficie, siempre por la cáscara de las cosas, sin poder adentrarse en ninguna” (Fernández, 2002, 46). El olvido hace que nos movamos demasiado rápido, y “la rapidez arrebata los recuerdos” (Fernández, 2002, pág. 46), con ella miramos como se suceden los hechos desprovistos de significación, “su fugacidad no les permite alcanzar a formar parte de la vida significativa de la sociedad, y no logran convertirse ni en recuerdo ni en memoria” (Fernández, 2002, 46), sólo en flashazo de lo que alguna vez existió. El olvido no tiene memoria; el olvido es el augurio de nuestra época.

Ésta poca profundidad en la vida cambia la jugada: “la continuidad es reemplazada por la contingencia, la unidad por la fragmentación, la autenticidad por el artificio” (Gergen, 1997, pág. 232), nuestra morada planetaria se ha convertido en un pastiche en donde el quebrantamiento, el abandono y la incoherencia reina; hemos sido incapaces de sumergirnos en la visión del mundo del hombre premoderno, debido a que la gente se aparta, se separa, pone distancia entre ellos y los objetos, entre ellos y la naturaleza ya no existe comunión, el calentamiento global y la sobreexplotación del entorno son síntomas de nuestra vaciedad, la violencia impera, arrebatamos todo a nuestro paso, sobrepoblamos, sobresaturamos, la mayoría de las relaciones son vacías y transitorias, nada de permanencia, todo es fugacidad, somos estrellas fugaces que sólo han dejado su estela de destrucción masiva. Berman señala que la historia de la época moderna, es la historia de un desencantamiento continuo (Berman, 1995, pág. 16), ¡y cuanta razón tiene!

Un presagio de nuestro desencanto es la saturación. “Los objetos y esas cosas”[1] se han alejado de la magia y del encanto, se han trasportado a la categoría de superfluas, todo lo tenemos a cantidades, tamaños y en variaciones inimaginables; el o lo kitsch es su manifestación por excelencia, lo nuevo envejece rápido, las modas se alternan con mayor rapidez que en las décadas pasadas, y los objetos susceptibles de ser desechados se convierten en basura más aprisa que antes. Todo cambia rápidamente, lo que se uso hace un mes hoy ya esta fuera de moda, hoy todo se vende y todo se compra a la menor provocación, el consumismo se ha convertido en la mutilación de la vida escribiría un día Lipovetsky, “el consumismo sólo ejerce su atractivo mientras tenga la capacidad de aturdir y adormecer, de ofrecerse como paliativo a los deseos decepcionados del hombre moderno” (Lipovetsky, 2006, pág. 34); “comprar” es el nuevo opio para el pueblo, el estado narcotizado deja a los seres humanos adormilados, agazapados y pone en ellos la ilógica visión de “siempre querer más”, satisfaciendo así, su soledad; paradójicamente la saturación, fabrica vacío.

La desoquedad irracional de la vida junto al vacío que conlleva, “hace crecer tanto la distancia, que empieza a considerar al mundo imágico, icónico, como algo totalmente distinto a él, ajeno a él, y por supuesto, fuera de su responsabilidad (…) evidentemente el mundo ajeno se opaca, se enfría, pierde vida” (Fernández, 2004, págs. 258-259); por lo tanto, el encanto comienza a debilitarse, hasta que se extingue. Pero preciso recordar, que cuando se da a la naturaleza, a los objetos y a la vida en general la amistad que les corresponde, es decir, cuando logramos la mimetización con ellos a base de los afectos y emociones que desencadenan: la naturaleza cobra la dimensión de sagrada, se le toma como compañera de vida, como aliento que nos levanta agradeciendo cada nuevo respiro: la vida se torna placentera; con los objetos no se abren los recuerdos sin dejar de estremecerse un poco, ya que se está abriendo la intimidad, todo un cosmos personal florece, se abre y se descubre todo un mundo de ensoñaciones, porque los objetos “son templos de la memoria en donde el recuerdo, se instaura, se acomoda, permanece y no se olvida” (Carrasco, 2007, pág. ).

Ahora bien, el sentimiento del que se alimenta éste mal temporal genera una sensación de vértigo, de angustia, y lo que resulta un hecho es que para muchos la solución es afianzarse al pasado, a las tradiciones y a los afectos, porque es allí donde los objetos que lo representan vuelven a ser demandados, puesto que lo que todos estos fanáticos del recuerdo añoran son los símbolos que les permitan ubicarse, junto con otros millones de lujuriosos del recuerdo, como sobrevivientes de algo que nunca más será. La repetición alienta y nos ayuda a identificarnos, ahora lo sólido está en el pasado y la incertidumbre en el futuro. Los objetos son una forma de perpetuarnos, psicosocialmente remiten a estabilizar algo puesto que los objetos tienen tiempo, contienen vivencias, “no es verdad que lo que ha pasado esté en el pasado, dijo Mead” (Fernandez, 2002, pág. 38), así como tampoco es verdad que no se revivan emociones al recordar. Se podría decir entonces, que los nostálgicos, por medio de seguir hablando y usando eso que tanto les gusta y les significa, encontraron una excusa más para añorar lo que dejaron atrás, otros no pocos, desescombran sus baúles y desempolvaran antiguas prendas y viejos símbolos que a sus ojos guardan la memoria colectiva de eso que tanto les significa. Abrimos un cajón o un armario y toda una estela de recuerdos nos envuelve, es como si hubiésemos puchado pley a una película en blanco y negro sin sonido, más que el sonido del corazón que se apresura a latir como inundado por una emoción. Puras imágenes detenidas y retenidas en el recuerdo. No esperamos encontrarnos con el pasado, el pasado simplemente se presentó desatando un desfile de emociones entrecortadas y no. La pupila se dilata a la velocidad del encuentro, por lo que “hacer memoria es moverse muy lentamente, con la velocidad de una contemplación” (Fernández, 2002, pág. 45).

[1] Con referencia al texto de Pablo Fernandez Christlieb

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