Configuraciones espaciales: la vitrina y su recorrido citadino
El espacio original, sea este un país, una ciudad, una aldea, un barrio, una casa o incluso un territorio simbólico, siempre conlleva la imagen de un refugio cerrado a partir del cual uno puede soñar su vida
(Maffesoli, 1997)
Hablar de espacio me remite instantáneamente a lo cotidiano, a los rituales mágicos de los que somos presa y amo, a los lugares, a los nombres, a la permanencia y a la movilidad de nosotros, sus participantes. Necesitamos un nombre. Necesitamos delimitarnos y ubicarnos dentro de determinadas dimensiones que brinden una calida armonía. Necesitamos cuerpo y permanencia, necesitamos cohesión aunque los discursos digan que nuestra fugacidad se extingue y cambia a la velocidad de los fuegos artificiales; necesitamos nombrarnos entre nosotros, necesitamos también recorrernos y reinventarnos para lograr tejer los días. Este tejer implica una gran carga comunicativa que permite desarrollarnos a la par de los demás con quienes compartimos experiencias significativas y sentires que van dándole forma a eso que solo puede ocurrir ahí y no en otra parte; los lugares entonces adquieren especificidad en sus actividades, en sus emociones, en sus diálogos que se desenvuelven únicamente dentro de esas coordenadas espaciales; y no es para nada difícil de comprender que la vida de la gente no transcurre en ellos, sino entre ellos.
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Las vitrinas surgen como artefactos que nos permiten almacenar y amontonar al mismo tiempo un sin fin de objetos que nos remiten a eventos significativos de diversa génesis, son como una especie de banco de tesoros en donde paulatinamente vamos depositando nuestra alma…Lo que se atesora ahí, tiene la función de ayudaros a permanecer, es como si con cada objeto pudiéramos presenciar una cinematografía de nuestro pasado, del presente… y de ese otro inanimado; aquí hay amor a los objetos.[1] Las vitrinas tienen cualidades, tienen emociones encerradas, tienen recuerdos e imágenes que se desprenden de los diversos objetos que forman la unidad del amor; somos espacio y tiempo cuando nos perdemos en su polvo. La acumulación y la permanencia tienen retoños de un pasado que se niega a desaparecer y que busca ser aliado impasible de la memoria.
Por ahí dicen que “recordar es volver a vivir”, y quien diría que esta frase tan ordinaria es la base perfecta para abrirle a la memoria la posibilidad de regresar; y es que la memoria se nutre de los actos significativos de un ayer que no quiere ser abandonado en una trastienda, de un pasado que habla por medio de recordatorios sutiles pero permanentes, de conmemoraciones, de fechas singulares; aquí no hablamos de artefactos fugaces, hablamos de significados, hablamos de experiencias, de sensaciones y de vivencias entremezcladas en los laberintos de una memoria que se niega a ser silenciada. La memoria se construye de artefactos, éstos cumplen la función de no olvidar aquello que queremos que perdure, es decir, alimentan la mirada que se deposita sutilmente en objetos que nos vinculan con eras anteriores y que nos permiten hablar de eso que nos brinda sentido: desde los recuerditos de bautizo hasta las chucherias colgadas en el tablero de un taxi hablan de cómo somos y de cómo es que interaccionamos con los objetos. Metafóricamente podría decir que, los objetos nos persiguen, tenemos tantos cuanto nos sea posible atesorar, guardamos alhajeros, guardamos boletos de camión, el recuerdito del novio aquel que dijo que nos amaría eternamente apenas entrados los 15, guardamos un suéter roído, guardamos un álbum fotográfico, guardamos, guardamos, guardamos a la inutilidad como quien guarda el tesoro de la isla encantada. Un día descubrimos que las cosas hablaban, que emitían respiraciones entrecortadas y entre suspiros carcajadas, que tenían colores y que sonaban y soñaban. Un día les escogimos un lugar; otro día, sencillamente, les buscamos un nombre. Podríamos decir entonces, que los objetos también sobrevivieron a una extraña selección natural que los orilló a una adaptación camaleónica de necesidades humanas: la cafetera se tornó en la consagración de mamá, la mesa de centro en el universo de emociones junto a los caracolitos de mar y a las copas grabadas de los 25 años luz de matrimonio; las flores secas entre los libros, los olores en los cajones viejos de recuerdos, los escaparates hogareños son único testimonio de las vivencias. Considero que personas y objetos guardamos una secreta relación de complicidad construida con el paso de los días, a la par de las emociones y de los cariños característicos del amor que sentimos por ellos; es imposible pensar en desprendernos, sería como una especie de infidelidad si compráramos otros tenis u otras mezclillas, seria una traición abandonar los recuerditos de los diversos festejos a los que asistimos o una ingratitud dejar de usar esa vajilla vieja en la que se ha servido la sopa por no se cuántas generaciones; mamá tampoco puede dejar sus bordados que hizo en su primer embarazo y ella tampoco puede dejar atrás las flores secas en el jarrón (siguen viéndose lindas -suspira) mientras tanto él, sigue poniéndose de vez en cuando sus tacos con los que ganó ese primer campeonato o sigue deteniéndose frente a ese papel pixeleado donde figura una mujer transparente desde la secundaria... aquí “ya no hay incidencia practica en los objetos, solo están para significar el tiempo” nos diría Baudrillard (1997). Su presencia es como si momentáneamente estuviéramos otra vez ahí, frente a esas emociones que se desprenden y nos construyen, que nos transportan a una era anterior, a la divinidad, a la naturaleza de nuestra esencia; y todo lo que poseemos tanto en objetos como en recuerdo nos alimenta, y solo aquello que tiene algún significado, es digno de mantenerse para posteriores tiempos.
La evolución que hace Pablo Fernández con respecto a la línea cofre-cajón-cómoda para dar paso a la vitrina es muy acertada, ya que es nuestro “mueble decimonónico por excelencia, lleno de repisitas para poner porquería y media, retratos, platitos, lo que sea, pero con vidrio para que se vean”. (Fernández, P. 2003 Pág. 43) Para/que/se/vean, y esa precisamente, es la cuestión... parecería entonces, que esta especie de conservas bajo cristal cumplen la función de recordarnos que los acontecimientos, y aun mas, los sentimientos están presentes a flor de piel. ¿Quien no ha tenido en casa una vitrina que raya sinuosamente en la cursilería color pastel?... ¿quien no le vocifero alguna vez a su mamá que se deshiciera de ese arsenal de monitos y vajillas de antaño que vivían encerrados bajo un cristal?... es inútil resistirse, todos hemos cruzado el umbral, todos hemos llegado a la construcción de nuestra identidad a base del mundo de las cosas que nos brinda sentido. Mamá tiene una vitrina 100% hecha y derecha, pero nosotros tenemos el clásico rinconcito donde toda una cosmogonía de los recordatorios se asoma; y es aquí nuevamente donde vemos florecer todo un idioma de la cursilería que sueña con ser la fabula que le confiere encanto a los objetos. Las vitrinas juegan con nuestros decorados hogareños, les plasman no una elegancia fallida, sino una elegancia disponible, como diría Monsiváis, y van alternando paralelamente con la modernidad una sintonía con el pasado difícil de deshacer. En la actualidad todo pareciera que tiene la etiqueta de novedad tecnológica, de frivolidad neuronal, de suspicacia... de vacío. Pero más bien, es una especie de desoquedad la que vivimos, ya que los espacios libres son como las ausencias dolorosas que acrecentan nuestro sufrir, es preciso llenar lo vacío, es preciso cantar para que se vaya el silencio.
Ahora bien, las vitrinas también surgen como el artefacto por excelencia que nos permite visualizar nítidamente el surgimiento de la conservación, de la permanencia y de la nostalgia de los objetos: una vitrina es un cosmos personal; “aquí no hay objetos lejanos, no hay objetos cercanos, sino objetos desde adentro, envolventes, ambientales, y por lo tanto uno forma parte de ese objeto que se disuelve con el resto de la vida” (Fernández, 2003, Pág. 15); como lo escribí en líneas atrás, la gente con sus objetos están mimetizados en una relación que se construye con los días y a la par del amor que sentimos por ellos, es decir, los enseres son extensiones de nuestros sentimientos. Los objetos amorosos otorgan existencia al pasado vivido, nos mantienen arraigados, encapsulados, enraizados a un cúmulo de experiencias difíciles de destejer de nuestra identidad: los objetos somos nosotros mismos. Es por eso que si se rompe la copa del 50 aniversario o extraviamos un recuerdo materializado, perdemos un poco de ese mito fundacional que nos ha mantenido firmes ante los acontecimientos importantes que queremos que perduren, así como también perdemos un mucho de nosotros mismos. Los objetos que tienen valor sentimental se tornan cómplices de la memoria, es como si su presencia impidiera destejer el recuerdo, tienen su propia existencia, y solo ellos componen y reconfiguran su espacio elegido. Son los objetos afectivos los que parecen contradecir las exigencias del cálculo funcional para responder a otro deseo: el de ser testimonio, permanencia... nostalgia.
Hasta este momento, las vitrinas y todo lo contenido dentro de ellas, fungen como parte medular del trabajo de tesis que estoy realizando, pero desde que inicie el viaje de explorar la temática del recordar a la mexicana, me inserte sin querer queriendo en las profundidades de una sociedad camaleónica y con demasiado folclor que necesita que cuenten la historia de sus días de una forma diferente. Configuraciones espaciales: la vitrina y su recorrido citadino es un ejercicio que se desglosa del trabajo de tesis central y que sigue pensando al mexicano como un ser profundamente emotivo, plástico y lleno de nostalgias al hacer uso de lo más próximo a él, sus recuerdos; pero en realidad por lo que también aboga este pensamiento, es por el posible trayecto que podría dejar la metáfora de la vitrina si la sacamos del hogar para llevarla a una calle, para posteriormente situarla en un barrio y para finalmente concluir diciendo que una ciudad cualquiera podría ser una vitrina.
Antes de finalizar, tendría que detallar brevemente el porque de mi interés en las vitrinas... Sencillamente porque encierran al kitsch. El kitsch aparece en mi vida como una forma de definirme y de definir mi entorno, en donde lo estrafalario y lo mal conjugado dan la pauta exacta para comprender a una sociedad que mientras busca ser “desarrollada” logra únicamente ser estéticamente estridente. Las vitrinas son el adorno de la cursilería, son el moñito en el peinado, son en pocas palabras, la cosmogonía de la naquez; y que aparte de encerrar recuerdos y nostalgias, las vitrinas encierran acumulación, un aparente sin sentido de sus objetos contenidos, una infinita inadecuación del uso de los mismos, y un eterno servicio a las masas; mismas pautas que dan pie a preguntarme: ¿únicamente encontramos esto en las vitrinas? ...¿O es que las podríamos transportar a una forma citadina?
… no lo sabemos con exactitud por el momento, pero precisamente ese es el viaje que hemos iniciado
Resignificar sentidos.
Mirar nostalgia en las calles o con paseos o con recorridos.
Aglutinación y acumulación en todos los sentidos. La ciudad como espacio compartido, como espacio bizarro, como espacio que necesita ser contado. La ciudad es una vitrina tal cual, contiene historias, contiene recuerdos, contiene estrategias para no olvidar, nuestras ciudades contienen tiempos que son rebobinados y traídos al presente de la más variada manera... y también es eso que necesito contar.
La sociedad mexicana se matiza de las más variadas caras y se nos presenta como una posibilidad rica para detenernos a reflexionarla como creadores sociales, y he elegido a nuestros trayectos cotidianos, en donde realizamos una serie de rituales, para comprender que la simplicidad guarda lo profundo: la gente hace la ciudad, la gente teje redes imaginarias que conversan y que como cometas van dibujando una trayectoria que se entrecruza y se vuelve entrecruzar para formar un todo, que a su vez forma un espacio, que a su vez forma un contorno, que a su vez forma nuestra semejanza.
el espacio es donde juegan mis actores sociales y en donde ellos dan vida al escenario que desenvuelve sus acciones; me interesa la experiencia urbana y la sensación que nos produce pertenecer a un espacio definido, me interesa ese confort cotidiano que se encuentra en los sentires familiares, en las calles, en los barrios, me interesa explorarme por medio de este espacio poseído. Estas configuraciones espaciales son la base perfecta para la exploración y para la imaginería colectiva e individual de la que nos alimentamos, es decir, tenemos un terreno para la aventura, en el que lo lúdico y lo onírico ocupan un lugar central (Maffesoli, 1997), el juego es una manera de vivir todo tipo de experiencias, de suscitar encuentros, de evocar recuerdos, de compartir códigos con iguales.
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presentó:
ericahrangel
LIBROS CONSULTADOS
Baudrillard, J. (1997) El sistema de los objetos, Siglo XXI
Fernández, P. (2003) Los objetos y esas cosas, El financiero
Maffesoli, M. (2005) El conocimiento ordinario, Fondo de Cultura Económica
[1] Véase Fernández Christlieb, Los objetos y esas cosas (2003)

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